Antes del primer bocado, el cuerpo ya vio, olió, tocó y anticipó. Descubramos juntos todo lo que también sucede cuando un niño come.
Comer parece algo sencillo. Nos sentamos frente a un plato, elegimos un alimento, lo llevamos a la boca y comemos. Pero antes del primer bocado, nuestro cuerpo ya recibió muchísima información: vimos el alimento, percibimos su olor, quizá lo tocamos y anticipamos cómo podría sentirse en nuestra boca.
Cuando finalmente lo probamos aparecen todavía más sensaciones: temperatura, textura, sabor, consistencia, sonido y movimiento. Comer también es sentir.
Comenzar a observar cómo vive nuestro hijo todas esas sensaciones puede ayudarnos a comprender muchas de sus respuestas frente a los alimentos.
Mucho antes de probarlo...
Un alimento comienza a sentirse desde que aparece frente a nosotros.
Lo vemos: Su color, forma, tamaño y presentación nos dan información.
Lo olemos: Algunos aromas pueden resultar agradables y otros sentirse demasiado intensos.
Lo tocamos: Seco, húmedo, pegajoso, suave, duro, crujiente...
Lo llevamos a la boca: Y ahí aparecen temperatura, sabor, textura y las sensaciones necesarias para morder, mover y masticar.
Lo escuchamos: Sí, también hay sonidos al comer: crujir, masticar e incluso los sonidos que ocurren alrededor de la mesa.
Cada niño puede registrar y responder a esta información de una manera diferente. Por eso, cuando rechaza un alimento, antes de concluir “no quiere comerlo”, quizá podamos preguntarnos algo distinto: “¿Cómo se sentirá este alimento para él?”
El mismo alimento no siempre se siente igual
Pensemos en una fresa. Una puede estar firme y fresca; otra, muy madura y blanda. Una puede ser dulce y otra bastante ácida. Puede estar fría, húmeda, tener semillas más perceptibles o incluso verse diferente por dentro. Para nosotros sigue siendo una fresa, pero sensorialmente pueden ser experiencias distintas.
Esto puede ayudarnos a comprender por qué algunos niños prefieren alimentos muy predecibles o por qué algo que aceptaron un día puede no resultarles igual de agradable otro. No necesariamente cambió el niño. Quizá cambió la experiencia.
Observar antes de intervenir
Cuando algo relacionado con la alimentación comienza a preocuparnos, es comprensible querer encontrar rápidamente una estrategia. Pero antes podemos hacer algo muy valioso: observar.
Podemos empezar a preguntarnos qué texturas suele buscar, si prefiere alimentos fríos, tibios o calientes, si disfruta más lo crujiente o lo suave, o si hay olores que parecen incomodarlo. También podemos observar si necesita que ciertos alimentos estén separados, si se acerca con mayor facilidad cuando puede verlos, tocarlos o participar en su preparación, e incluso qué ocurre alrededor de la mesa: el ruido, el lugar o el ambiente también forman parte de la experiencia.
No buscamos respuestas correctas. Buscamos conocer su experiencia.
Explorar no siempre empieza comiendo
Cuando queremos acercar un alimento diferente, el primer paso no tiene que ser “pruébalo”. Conocer un alimento también puede empezar por mirarlo, tenerlo cerca, tocarlo, olerlo, ayudar a prepararlo o descubrir cómo cambia cuando lo cortamos o cocinamos de otra manera.
Incluso podemos presentar un mismo alimento de distintas formas. Una zanahoria puede aparecer cruda, rallada, cocida, en bastones o integrada en una preparación. No para esconderla ni conseguir que el niño la coma sin darse cuenta, sino para ofrecer distintas experiencias y permitir que descubra, poco a poco, cuáles puede explorar.
La invitación permanece. La presión no tiene que hacerlo.
Acompañar también es respetar el ritmo
Nuestro objetivo no es lograr que todos los niños disfruten todos los alimentos, ni convertir cada comida en un ejercicio terapéutico. Comer también es compartir, disfrutar, conversar y formar parte de la vida cotidiana.
Podemos ofrecer oportunidades, ampliar experiencias y acompañar pequeños acercamientos sin medir cada encuentro únicamente por si finalmente hubo un bocado.
Mirar la alimentación desde la sensorialidad cambia también nuestra pregunta. En lugar de “¿Cómo hago para que se lo coma?”, podemos empezar con “¿Qué puedo descubrir sobre la manera en que mi hijo experimenta este alimento?”
Y desde ahí decidir cómo acompañarlo.
Para empezar hoy:
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- En la próxima comida no cambies nada.
- Elige un alimento y simplemente observa.
- Mira qué elige primero, qué toca, qué huele, qué separa, qué textura parece disfrutar y qué ocurre a su alrededor.
No necesitas convencerlo de probar algo diferente. Hoy solamente intenta descubrir una cosa que antes no habías observado sobre su manera de comer.
Ese pequeño descubrimiento puede ser nuestro primer paso.
Observar para comprender.
Comprender para acompañar.